Esperaba descansar un poco de nuestros macabros descubrimientos, entregando mi cuerpo y me mente a Morfeo, mas aquella noche dormité entre pesadillas en un pequeño avión camino a Alemania. El Instituto Max Planck de Genética Molecular resultó ser un lugar mucho más acogedor de lo que esperaba, al menos en comparación con nuestra reciente visita al Instituto Roslin. El equipo de investigación nos recibió de manera fría y calculadora, sin sobresaltos ni nerviosismo; sin embargo, la pulcritud casi militar del personal no impidió que notáramos que sencillamente no éramos bienvenidos. En esta ocasión, la Dra. Eva Engels* asumió personalmente la visita y, a pesar del papeleo y las protestas de Parisi, nos impidió ingresar en las instalaciones de investigación. No obstante, sentados en una cómoda salita de conferencias, sus declaraciones fueron quizás mucho más esclarecedoras.
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“No es necesario molestar a mi equipo, ni interrumpir sus labores. No voy a negar la existencia de instalaciones de investigación secretas, aquí o en el resto de Alemania, estoy segura de que ustedes sabrán mucho más de eso que yo misma. Al igual que el Dr. Parisi, soy depositaria de muchos secretos, y esa es la única razón por la cual permito esta intromisión: porque reconozco la importancia de transmitirlo a las nuevas generaciones.
No me interesa comentar acerca de los avances de los investigadores alemanes en el pasado. Ni siquiera nosotros mismos, compatriotas y colegas, estamos de acuerdo con la administración que se le dio a las investigaciones de antaño. Pero no podemos negar la importancia de los descubrimientos, sin importar la manera en que fueron obtenidos. Lo que importa es que fue un científico alemán quien primero dio noticia de las anormalidades, hace ya más de cien años. Para mí sigue siendo difícil de creer que tuvimos la información en nuestras manos tanto tiempo y, sin embargo, es hasta hace muy poco que logramos interpretarla, extrapolarla a los organismos superiores.
La investigación de microorganismos data desde hace no cientos, sino miles de años. Quizás no se comprendían los principios básicos que operaban distintos procesos, desde las causas de diversas enfermedades hasta la fermentación de la cerveza, pero la manipulación de los seres microscópicos por el hombre comenzó desde antes que pudiéramos imaginar que estaban allí”
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La Dra. Engels hablaba con un tono de voz dulce, casi infantil, trastocado por la violencia con la cual pronunciaba las palabras en un inglés marcado por el acento de su idioma natal. Su cabello, piel y ojos claros, así como su inmaculada gabacha de laboratorio y la rigidez de sus modos, inspiraban un respeto temeroso. Al mismo tiempo, Eva transmitía feminidad y audacia, y una inteligencia aguda que en un principio me hizo dudar de sus palabras. No obstante, durante el curso de la conversación no me quedó duda alguna de la veracidad del relato de la científica.
Los detalles técnicos escapan del propósito de estos escritos. La información que compartió la Dra. Engels con nosotros no era nueva para nuestros oídos; pero, como ella misma nos hizo notar, fue la interpretación lo que nos hizo removernos en nuestras sillas, alarmados por la antigüedad e importancia de los hechos.
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“Vayamos a lo más simple: cuando se cultivan bacterias en un laboratorio, estamos conscientemente interviniendo en el proceso de selección natural, podría decirse que incluso intervenimos en la evolución misma. Si a esas bacterias no se les hubieran dado las condiciones precisas para crecer y sobrevivir, es posible que hubiesen muerto. Pero ahí están, multiplicándose, dividiéndose, existiendo, más fuertes de lo que jamás hubiesen sido en la naturaleza. Esto es beneficioso para nosotros, como investigadores, para estudiarlas, comprenderlas. Pero quizás debemos replantearnos si el beneficio es mayor para ellas.
La mayoría de las bacterias con las que convivimos diariamente estaban ahí millones, miles de millones de años antes que nosotros. No voy a entrar en discusión al respecto a la definición real de la vida misma. Esas bacterias, que tienen esos millones años de evolución por delante de nosotros, se adaptaron para vivir bajo las condiciones más extremas del planeta, o para compartir simbiosis con otros seres vivos, incluyendo al ser humano. Y, sin embargo, en esos millones de años de convivencia con otras especies, muchas bacterias no desarrollaron, por ejemplo, resistencia a antibióticos, digamos la penicilina. Aún así, en las últimas décadas incontables cepas y especies bacterianas han desarrollado la resistencia a diversos antibióticos. Estas sustancias ya existían en la naturaleza, pero fue justo cuando el ser humano empezó a utilizarlas contra las bacterias que estas se adaptaron, de manera sorprendente e inesperablemente rápida.
Ahora, la verdadera importancia de esto la comprendemos sólo a nivel molecular. Si cultivas una bacteria modelo en un medio con una dosis alta o media de antibióticos, la bacteria muere. Si cultivas la misma cepa en un medio con dosis bajas de antibióticos, y luego aumentas gradualmente la concentración, es muy probable que la bacteria desarrolle resistencia al antibiótico. Esto es un proceso de adaptación que podemos observar en cuestión de sólo una o pocas semanas.
Pero, consideremos esto: los genes, de todos los organismos, son el resultado de millones de años de prueba y error. Los genes actuales en todos los seres vivos consisten en regiones estables, donde la posibilidad de que ocurra una mutación sencilla es de 1 en 1000000000 nucleótidos. Aunque la mutación ocurra, existen diversos mecanismos de reparación que pueden corregir la misma. Y, aunque ocurra, muchas mutaciones no tienen absolutamente ningún efecto en el desarrollo y actividad normal del organismo. Además, la mayoría de las mutaciones ocurren en las regiones no codificantes de los genomas, aquello que llamaban ADN basura, o de relleno. Finalmente, las mutaciones graves o mayores, usualmente causan la muerte de los organismos, sin tener efectos beneficiosos para estos; así que mucho menos hablar de descendencia.
Aquí es donde entramos en un terreno que ahora llaman Diseño Inteligente. Si la bacteria de la que hablamos tiene un genoma de digamos 3 millones de pares de bases (unidades básicas de nucleótidos que conforman el ADN**), entonces la posible tasa de mutación se reduce muchísimo más, considerando también los otros mecanismos que ya mencioné. Esto implica que al entrar en contacto con el antibiótico, se favoreció que ocurriera una mutación justamente en ese instante, y además esa mutación le concedió a la bacteria mecanismos de resistencia a ese antibiótico en particular. Esto, en términos de probabilidades genéticas, es astronómicamente imposible. Y, aún así, es un experimento repetible que se puede ejecutar en cualquier laboratorio del mundo.
Yo misma subestimé las implicaciones. Entendamos esto: las bacterias se multiplican por medio de un sistema que perfectamente podría llamarse autoclonación. Replican su ADN y se dividen en dos. Sin embargo, cuando el proceso es inducido en la laboratorio, observamos cepas alteradas, con mayores (altísimas) tasas de mutación, extremadamente virulentas, de crecimiento acelerado, resistente al calor, la luz, al frío, a antibióticos...
Todo esto nos viene indicando desde hace décadas que no sólo existen mecanismos que no entendemos: también existen mecanismos que deberían de ser imposibles. Pero las pruebas indican una y otra vez lo contrario. Wilthmoot y su equipo consideraron estos mecanismos imposibles desde un principio. Todos los hicimos. Pero... Realmente jamás imaginamos que los resultados podían llegar a ser tan complicados. Si ocurren estas, llamémoslas eventualidades, en experimentos tan sencillos, no es difícil imaginar lo que puede ocurrir en ensayos tan complejos como la clonación, particularmente bajo los protocolos de Wilthmoot”.
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** Nota de la autora.
Basado en hechos reales.




