miércoles 5 de marzo de 2008

La Madre de mis Verdades

¿Qué harías si un día cualquiera, haciendo cualquier cosa, de repente, usualmente accionado por algún catalizador, te das cuenta de que ya no eres quien eras? ¿Qué harías si un día, al mirar en los ojos de otra persona una chispa sobrenatural, te despertaras de la ensoñación que ha sido tu existencia hasta el momento y sintieras por primera vez en años el soplo de la vida en tu pecho? ¿Qué harías si un día, te vuelves por primera vez consciente del alma que llevas adentro? Es una sensación que quema, y nunca te acostumbras.

¿Qué pasaría si, gracias al amor todopoderoso de otro ser humano, te ves a ti mismo(a) por primera vez en mucho tiempo y te das cuenta de que has estado cómodamente entumecido (con su permiso, Pink Floyd), espiritual y psicológicamente hablando? ¿Cómo reaccionarías si, un día cualquiera, te encontraras con esa mítica otra parte que te completa?

Hoy, quiero compartir La Historia que nunca compartí con nadie, ni siquiera con Nino.

Un día, hace muchos años, caminaba por los pasillos del TEC. Apenas empezaba a estudiar en la universidad, y el primer año fue muy duro para mí: la separación de mis amigos, de mi novio, de mi familia, la carga académica, el cambio de vida en general. Rápidamente hice amigos, para mi sorpresa. Las cosas iban saliendo mucho mejor de lo que esperaba. Pero ese Día en particular, mi vida se estaba desmoronado. Estaba reprobando varios cursos, no sabía nada de mis amigos y compañeros, y mi novio me estaba dejando por otra. Básicamente por unas tetas grandes en un culo fácil (perdón por la vulgaridad). Ese Día, iba distraída pensando en mis problemas, caminando hacia la soda, cuando choqué mi hombro contra el costado de un muchacho delgado que venía saliendo de allí. Además del obvio impacto, algo más me hizo levantar la vista y, en ese instante, mis ojos se toparon con la mirada más tierna, profunda y al mismo tiempo triste que haya visto jamás. Odio hacer contacto visual con la gente. Soy torpe y usualmente hubiera murmurado un “perdón” semiaudible y hubiese seguido caminando. Pero ese Día, aunque él inmediatamente volvió la mirada hacia otro lado, yo me quedé ahí por unos instantes, racionalizando lo que acababa de ver.

Quizás sea difícil de creer, pero toda mi vida he tenido una serie de sueños recurrentes, abstractos, épicos, con batallas ancestrales y seres míticos de mis cuentos de hadas. Una figura aparece a menudo en esos sueños. Su cara siempre está velada, pero sus ojos, su mirada... esos siempre brillan, incluso en la oscuridad... Una mirada misteriosa rondando mi subconsciente durante toda mi vida. Y ese Día, ahí estaban esos ojos, esa mirada.

Pasaron los años, y al caballero de los ojos tristes nunca más lo volví a encontrar. Creí verlo de lejos en dos o tres ocasiones, pero una mezcla de temor y emoción me impidieron averiguar más. Por otro lado, el resto de mi vida se fue solucionando. Incluso regresé con mi novio, aunque haya sido por obstinación y orgullo. Ese fue el principio del fin. En mi afán por “recuperarlo”, por ser mejor, por... muchas cosas ahora irrelevantes y estúpidas (bajo la mirada de la experiencia), fui apagando pequeñas y grandes partes de mi. Fui encarcelando ideales, creencias, sueños, deseos, expectativas, planes, sentimientos, fuerzas, emociones... Al final, me convertí en una sombra de mí misma, con una máscara de mujer ordinaria, común y corriente, pero con leves chispazos del fuego que me consumía por dentro. Fumadora, valeverguista, charlatana... Todo un disfraz. En el fondo, seguía consumiéndome la sed de conocimiento, el hambre de la vida.

Al transcurrir el tiempo, resultó que una de mis amigas tenía un compañero de clase del cual hablaba con mucha más regularidad. Además, solía resaltar sus buenas cualidades, su amabilidad, sus atenciones y su agradable forma de ser. Viniendo de alguien como ella, mujer-odia-hombres empedernida, yo asumí que el susodicho le gustaba. Cuando finalmente me lo presentó, se me cayó el alma a los pies. Ahí estaban otra vez, los ojos tristes, la mirada tierna. Oh, cruel destino. De verdad que la vida es irónicamente burlista. ¿Qué hacer? Era la primera vez que veía a mi amiga, mi amada amiga, interesada por un hombre. En ese momento todavía quedaba un poco de fuego libre en mi corazón, dispuesto a luchar por ser liberado. Pero la lealtad por mi amiga, y el hecho de que yo tenía una pareja por quien había gastado casi toda mi fuerza vital, fueron más fuertes. No. Desde aquel momento, creé una barrera sobrenatural entre aquellos ojos tristes y los míos. Evitaba quedar a solas con él. Evitaba hablarle. Evitaba pensar en él. Pero no fue tan fácil.

¿Porqué sentía que se me debilitaban las piernas, que perdía el aire, que me trepidaba la cabeza y que mi corazón explotaba cada vez que estaba cerca de aquellos ojos solitarios? ¿Qué era lo que hacía que, al unir nuestras miradas, el mundo se desdibujara a mi alrededor?

Con el correr del tiempo, mi relación con mi novio (ex, hoy día) fue destruyendo la llama rebelde que quería escapar de mi ser, pero aunque mi fuego interno se apagó, las brasas seguían ahí, palpitando como un dragón dormido. La vida tiene formas graciosas de tomarte por sorpresa. Poco a poco fui tomando consciencia de que mi amiga no tenía ninguna intención romántica con el dueño de la mirada misteriosa. Poco a poco, sin darme cuenta, me sorprendía a mi misma pensando en él. Poco a poco, fuimos cultivando una amistad. Poco a poco se fue reactivando el fuego en mi interior, como una caldera vieja que lanza escupitajos de calor mientras recupera la intensidad máxima.


Terminaba ya mi paso por el TEC. Unos pocos cursos más y finito. Los viernes por la mañana llevaba un laboratorio, dónde mis compañeros de trabajo eran nada más y nada menos que el chico de los ojos ahora intensos, pero siempre algo tristes (a quien de este punto en adelante llamaremos Nino), y mi amiga. No sé porqué, pero ese semestre cambié mi estilo de vestir y de peinarme, me maquillaba con más atención y ponía mucho cuidado los viernes en elegir un look especialmente lindo (sí, la vanidad, qué más da, hay que admitirla). Las barreras que había creado entre Nino y yo seguían ahí. No hablábamos mucho, y usualmente evitábamos estar solos. Sin embargo, me descubrí llamándolo a menudo los jueves para ver si estaba todo bien con el informe para el día siguiente (aclaro que se trataba de una situación obvia) y, a menudo, me sorprendía lo nerviosa que me ponía al marcar el número de su casa. Al finalizar ese semestre, durante las vacaciones, tuve un problema con mi novio (de nuevo, hoy en día ex). No solía buscar a nadie con quien hablar, siempre me lo tragaba yo todo sola, pero esa vez, sentí unas ganas irrefrenables de hablar con Nino, de verlo, de que me abrazara... Pero él estaba de viaje al otro lado del mundo, y yo seguí con mi vida, como siempre, apagando las breves llamas de identidad que de vez en cuando se encendían dentro de mí.

Sin embargo, al siguiente semestre, Nino y yo compartimos la dicha de asistir juntos no sólo al mismo curso, sino que también le permití (no me gusta pedirle nada a la gente, ni que me ayuden con nada, especialmente lo que tiene que ver con dinero y rides) hacerme ride en las mañanas de camino al TEC (sí, una hora mañanera a la semana, desde Heredia hasta Cartago). Usualmente, si no era con Anita, prefería irme en bus: únicos medios de transporte dónde podía dormir y estudiar y, con Anita, fumar. Pero con Nino... A veces no hablábamos en todo el camino. A veces ponía música estridente del demonio que odio. A veces hablábamos todo el camino. Cuando compartíamos el ride con otros compas, solía dormirme. Pero, ocasionalmente, mi mirada y la suya chocaban en el retrovisor, por más que ambos lo evitáramos. Al final, le tomé un cariño inconmensurable, pero no me dí cuenta hasta mucho después.

Finalmente, faltaba cálculo, estúpido cálculo. Calculo que tomé el curso el triple de las veces necesarias (es que me gustaba muchísimo). La primera vez, nunca fui a clases y nunca puse atención. La segunda vez, siempre fui a clases pero nunca puse atención. La tercera vez, siempre fui a clases, siempre puse atención, hice todas las prácticas y estudié muchísimo. La tercera vez, tomé el curso con Nino. La tercera vez, pasé el curso con notas excelentes. De nuevo viajábamos juntos. De nuevo mejoré mi “rutina de belleza”. Compartíamos desayunos, anécdotas, “pachos”, música, intereses, de todo...

Inevitablemente, un día, otro Día, cayó el telón. Las barreras entre nosotros desaparecieron y ninguno de los dos se dió cuenta. Simplemente estábamos enamorados. Desde siempre. Para siempre. No obstante, el reconocimiento de este milagro no sucedió hasta algún tiempo después.

Pero esa es historia para otro día.

6 Verdades:

SarksTico dijo...

Qué harías si un día cualquiera, haciendo cualquier cosa, de repente, usualmente accionado por algún catalizador, te das cuenta de que ya no eres quien eras?

jmmm , YO cambié.. hay tantas cosas q me suenan familiares..

Conocer a la gente siempre es tuanis, saber quiénes son es mejor..

Pura Vida!

SarksTico dijo...

Identificado! esa era la palabra q buscaba..

;)

Nana dijo...

wow!..
jaja..
q geta q lo lei TODO!..
su manera de escribir es dem cautivante..
jeje
la frase
"you make me a better person"
encaja en su historia.
loooking forward to read the next one.
adios

Terox dijo...

Muy bueno. Por dicha se "encontraron"...

Qué chichón si por culpa del ex todo hubiera quedado en un "tal vez"...

AdR1 dijo...

ahora quiero saber q mas pasó! ...

Lilith dijo...

Sarks: ya habíamos hablado, pero igual, gracias por la visita y por tus comentarios!!!

Nana y Adr1: Gracias! Siempre es súper lindo que te digan cosas tuanis de lo que escribes. Siguan leyendo que lo mejor está por venir.

Terox: vieras que no... Lo que tiene que pasar, pasa, y nadie lo puede detener. Así como se acaban las cosas, así hay otras que simplemente son. Peeeero, todavía hay mucho que contar!!!!